Larga vida a los editores

El editor, en su definición ideal, debería ser a la vez un especulador inspirado, presto a realizar las apuestas más arriesgadas, y un contable riguroso, incluso algo parsimonioso.

El editor debe realizar una combinación más o menos satisfactoria de esos dos sentimientos casi inconciliables que son, tal como le ocurre al agua y el fuego, el amor por el arte y el amor mercenario por el dinero.

Pierre Bourdieu

Mi madre tiene la preciosa y peculiar manía de coleccionar recortes de prensa y artículos de suplementos semanales. Los lee, dos o tres veces, y si los considera interesantes los esparce por mi mesa de estudio para que, entre el caos de mi habitación, no se me pase leer ni una línea y podamos comentarlos luego.

Este viernes, cuando volví a casa, tenía, ya no en el escritorio sino en la cama, pedazos de un País semanal de hacía algunas semanas, en concreto una portada y el artículo a la que esta hacía referencia. Los guardianes del libro, en letras azules y con la última de sus palabras a tamaño 72 mínimo, iba acompañado de una foto a su pie en la que tres generaciones de editores se me presentaban como los responsables, en su mayor reto profesional, de la supervivencia de la literatura en nuevos formatos.

La Real Academia Española de la Lengua define el vocablo editor en dos de sus acepciones como “persona que publica por medio de la imprenta u otro procedimiento una obra, ajena por lo regular, un periódico, un disco, etc., multiplicando los ejemplares” o “persona que edita o adapta un texto”; pero, queridos académicos, con todos mis respetos, muchas palabras esconden, tras una sencilla definición, un laberinto de significados entre sus letras. Editor o editora es una de ellas.

Vivimos en la era de la tecnología y la informática. Google es una especie de semidios, (o dios entero), que todo lo ve y todo lo sabe, y con el desarrollo en los últimos años de un ecosistema literario digital, en el que acceder y distribuir la información está al alcance de todos, muchos se cuestionan si una figura como es el editor conserva alguna utilidad o si es ya, más bien, una instancia innecesaria y desfasada.

La gran crisis económica y la recesión general en la que se encuentra nuestro país, el descenso de inversiones en el ámbito literario por parte del Gobierno y los recortes en cultura, y la permisión de la piratería, entre otros factores, sumado a los cambios en los hábitos de lectura, el desarrollo de plataformas digitales de distribución y venta, y la opción de un ocio en la Red que no requiere esfuerzo alguno ha tambaleado el mundo literario de tal manera que ha abierto una lucha de titanes entre lo analógico y lo digital, una lucha en la que la figura del editor es, no un combatiente más, sino un combatiente imprescindible en ambos lados, y ahora más que nunca.

Tan cierto es que las nuevas tecnologías hayan generado y aportado un abanico de posibilidades infinitas para el mercado del libro, desde nuevos tipos de dispositivos electrónicos para leer hasta plataformas de distribución y suministro, formatos nuevos de libros e incluso bibliotecas y librerías en la web, como que junto con todas estas novedades, el planteamiento de la necesidad de adaptarse al mundo en el que vivimos por parte de los agentes de producción literaria y de renovar con ellos sus sistemas de trabajo y sus metodologías sea inevitable.

Hoy en día, cualquier usuario que quiera navegar por la Red puede, no solo hacerlo, sino pasar a formar parte de ella fácilmente. Se escribe y se publica más que nunca en Internet y sus aplicaciones y, por tanto, se lee más que nunca, sin ir más allá de qué es lo que se lee. La importancia de un agente como el editor en el mundo analógico es innegable, pero por factores como los anteriormente nombrados, es aquí cuando nos damos cuenta de la importancia del editor incluso en el ámbito digital. Es tal el alcance a una amplia variedad de materiales que a cualquier lector nos es imposible abarcarlos todos y desarrollar un sentido crítico que determine (o ayude a determinar), la calidad de los recursos que se nos facilitan. Si un editor dedicado únicamente a los libros en formato papel debe examinar y controlar sus textos desde el primer hasta el último detalle, en el formato digital su labor es igual o incluso mayor.

En ningún momento el concepto de baja calidad y el de tecnología van unidos de la mano, pero cuanta más libertad nos proporciona Internet y existe un menor control exhaustivo de aquello que podemos encontrar en la Red, mayor es la necesidad de una figura como es el editor, que una vez mentalizado de los cambios e innovaciones y de la renovación constante a la que se tiene que someter y a la que ha de someter su industria, ayude a determinar con criterio qué materiales merecen formar parte de su catálogo y cuáles pueden seguir navegando sin rumbo por la web, proporcionando así una mínima guía a todo aquel lector que la basta información que está a su alcance le abrume pero sí que crea en la supervivencia de un libro, de una literatura, de un mundo de las letras con criterio, distinguido y respetable, aunque sea digitalizado.

Sea cual sea el formato de un libro, en papel o digital, se necesitan y se seguirán necesitando personas con ese don especial, capaces de dedicar muchas horas a la lectura de borradores y borradores, de escoger a un autor entre un millón, de trabajar con él codo con codo, de encargarse de la elección de un diseño y una tipografía, de la inclusión en un amplio catálogo y de conocer las estrategias de promoción necesarias para que un libro, una vez publicado, consiga un lector. La práctica de leer, con un libro entre las manos o a través de una pantalla, pasando las hojas o clicando una flecha, es la que, al fin y al cabo, se gana a los lectores o se encarga de perderlos y, por tanto, requiere el cuidado y la minuciosidad de siempre, se elija el ámbito que se prefiera para su publicación y difusión.

 

En la portada de mi País Semanal había siete mujeres y ocho hombres de los cuales solo me sonaban las caras de los grandes Jorge Herralde, Beatriz de Moura y Sigrid Kraus. Del resto de figuras, como Belén López, Chus Visor, Claudio López de Lamadrid, Diana Zaforteza , Pilar Reyes, Joan Tarrida, Juan Cerezo, Elena Ramírez, Víctor Gomollón o Jessica Aliaga Lavrijsen, solo conocía las editoriales de renombre donde trabajan, de la talla de Seix Barral, Alfaguara, Tusquets, Galaxia Gutenberg, Planeta o Penguin Random House, entre otras. Y entonces, mirándoles las caras, pensé: ¿qué tendrán todos y cada uno de ellos para ser los encargados de seguir manteniendo la primacía de los libros en el ámbito de la cultura?

elpais

Ante todo son visionarios, de presente y de futuro, padres adoptivos de un texto al que deben dar vida, defender y proteger, y responsables de cuidar y mimar a un lector heterogéneo y complejo pero que determina el éxito o el fracaso. Son lectores apasionados y curiosos con muchas horas de lectura a las espaldas, capaces de dedicar su tiempo a su trabajo y vocación, gente sin miedo a arriesgar, seguros de lo que quieren e informados detalladamente tanto de lo que publican como a quién publican o a qué público se dirigen. Son identificados por un catálogo y un sello personal, y amantes de las letras con conocimientos económicos, capitanes de una empresa editorial viable, que intentan (no están garantizados los resultados) situarse en una posición entre la literatura y el negocio.

Son exploradores descubridores, artistas; son motores, propulsores, una muestra de persistencia, entereza, ilusión y sueños. Son los transformadores de montañas de papeles e ideas en realidades librescas o virtuales.

Son magia. Son, y seguirán siendo, editores.

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