“Literatura” no significa crítica ni denuncia sino contribución.

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«La literatura no es una actividad gratuita, es una forma de acción, un compromiso social, político y moral»

Mario Vargas Llosa.

El Diccionario de la Real Academia española define el término compromiso como una «obligación contraída», la voz literatura como «arte que emplea como medio de expresión una lengua», y, a su vez, este arte como «actividad en la que el hombre recrea un aspecto de la realidad o un sentimiento».

Cuando la mayoría de gente piensa en el compromiso social de la literatura, parece que en su mente se dibuja un grupo de escritores con pancartas en alto en proceso de invadir una plaza de ciudad entre gritos y panfletos por el aire. Error, not found. La manifestación y la revolución en el mundo de los libros también sale a la calle, pero bajo el mejor disfraz que existe para esconderse: las palabras.

Todo ser humano vive en una realidad histórica, social y cultural con la que es imposible no comprometerse de alguna manera, y ahora más que nunca ser neutro es inadmisible e inviable. Bajo mi punto de vista, que literatura y compromiso vayan de la mano es un deber, pero que convendría que fuese aceptado libremente y no impuesto. El problema radica en que no se distingue ni se tiene criterio alguno en diferenciar qué es literatura con compromiso social y qué es manipulación del lenguaje. En una época inestable, por no decir inconsistente, de nuestra sociedad, el lenguaje está convirtiéndose progresivamente en una herramienta que más que revelar la verdad, la oculta. Vivimos en un mundo en el que la curiosidad, el interés y la motivación restan sepultadas bajo toneladas de apatía, indiferencia y desgana. Así pues, es entendible que se condene y se pretenda aplacar la información crítica y contrastada y se premie el espectáculo que aplaude los sucesos más ridículos de pintorescos personajes o las peripecias de la vida de determinados políticos en vez de su función, creando así una sociedad que ha sustituido la biblioteca por el gimnasio y la televisión crítica por programas a cuál de ellos más ridículo y descabellado.

J. Stalin dijo: «De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario». Y no podía tener más razón. A pesar de que aquellos que nos gobiernan ven en el manipular las mentes su pasaporte al control del futuro y en el lenguaje el transporte que les posibilita llegar a ese destino, aún hay esperanza. Aún queda en este mundo gente imprescindible con criterio, capaz de discernir entre verdad y falsedad, y con un potencial crítico, ético y moral que no se cree algo porque sí sin razonarlo, y que pretende emplear la literatura no como un mero sistema reproductor para expresar sus ideas, sino también como un espejo transparente del mundo en el que vivimos. A pesar de que a los altos mandatarios cualquier persona que piense diferente puede suponerles un problema, sobre todo si estamos hablando de asuntos económicos o políticos que pueden llegar a salpicarles, el escritor tiene el poder de convertir sus palabras en el mejor formador de una sociedad reflexiva y sensata, que pueda conocer el mundo sin tapujos ni mentiras, tal como es en realidad y que proporcione a todo lector un análisis crítico de su época que le dispare a una reflexión acerca de su sociedad, más allá de la banalidad de la muerte de la Duquesa de Alba o el ingreso en prisión de La Pantoja.

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Literatura no significa crítica ni denuncia sino contribución. En una sociedad en la que la política es un espectáculo circense dirigido por titiriteros mangantes, la noticia de cada día es un caso nuevo de corrupción o desahucio y la libertad de expresión pende de un hilo, ¿el mundo del libro debe renunciar a su compromiso social? Por nuestro bien, no. Mientras se nos permita hablemos de lo que cada día nos ocupa (o preocupa), aunque ellos conlleve cargar con las consecuencias toda una vida. Porque, como dijo un día Roberto Saviano, y de esto él y su Gomorra, desgraciadamente, entienden bastante, «escribir es resistir».

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